Una ceiba

Si yo pudiera, mocito,
este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa

Federico García Lorca

De pronto, de vez en cuando, me vuelven a dar ganas de estar en casa, y me refiero literalmente a mi casa, el espacio físico que ocupa.

Los domingos por la tarde los pasaría en el balcón o leyendo en el pasillo que da al patio, seguramente cada tanto se acercarían la Selva o el Goliat a hacerme compañía, ondulando su cola de abanico.

Mi casa, la única que ha sido nuestra, de la familia, está en lo alto y rodeada de caminos de terracería, mis amigos de la ciudad creen que es broma cuando les platico que es normal encontrarse con caballos o bueyes pastando en los terrenos aledaños, el tipico pintoresquismo que no deja de ser cierto.

En el centro del patio hay una ceiba plantada por mis padres, bien conscientes de que su sombra no la van a disfrutar ellos. Si todo sale bien, en varios años, alrededor de la ceiba habrá una casa, no al revés.

Sería ingrato que me queje de ya no vivir ahí, tengo la oportunidad que muchos no han tenido, la de sentir nostalgia por una casa propia, habiéndola dejado por nada más que mi voluntad viajera. Aún así, consciente de mi privilegio, no puedo evitar el desazón al recordar los atardeceres lentos desde la ventana de mi cuarto, amplio y profundamente mío. O los desayunos de mi madre antes de la escuela y la certeza de que todos dormiríamos siempre bajo el mismo techo.

Desde luego que solo la extraño de pronto, de vez en cuando.

Porque también otras veces no puedo estar mas feliz de estar aquí, en donde estoy ahora, en el espacio físico que ocupo y en el que comparto sobre todo con Silvio y con María, habitándolo a mi modo y aprendiendo mientras tanto. Unas por otras, como en todo.

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